Hemeroteca. Esta columna se publicó en febrero de 2011 en una revista impresa. La reproducimos tal cual, sin cambios, como parte del archivo de opinión de su autor. Al final, Mac la revisa desde hoy.
Hace poco estuve leyendo respetadas voces dentro de la economía mexicana que sugerían a su gobierno que menease ficha en el asunto del cannabis. Los estados norteamericanos fronterizos con el país azteca estaban legalizando a marchas forzadas la industria del cannabis, en este caso, medicinal. El gran pastel billonario, con “b”, había empezado a abrir el apetito de los empresarios norteamericanos y este economista mexicano animaba a su gobierno a apostar por situarse en posiciones que en un futuro temprano no le impidiesen comer de la tarta cannábica. También les recordaba que países como Alemania, Holanda y Portugal pedirán a la ONU una convención internacional sobre la marihuana (no sea que los norteamericanos al final se coman todo el enorme pastel más la guinda).
Aquí en nuestra querida península deberíamos tomar ejemplo de algún que otro estado “yanqui” (en España todas las regiones quieren ser California). Ellos ya han legalizado de entrada la marihuana medicinal, ya se puede adquirir en establecimientos (dispensarios de cannabis), ya tienen restaurantes y pastelerías de todos los estatus sociales cocinando con marihuana. Hay quien no la fuma y debe consumirla, repartidores a domicilio de dicha “yerba” y como muestra de la importancia que el sector económico le está dando a esta antigua planta, se ha creado la primera asociación nacional USA que va a agrupar a las empresas como mínimo de quince estados.
Deben tomar nota nuestros políticos y empezar a ayudar y a regular un sector que en los próximos meses podría ser una fuente, por qué no, de ingresos verdes. Solo la industria del cannabis medicinal sería capaz de crear miles y miles de puestos de trabajo sólidos y de larga duración. El cannabis como material ecológico tiene cientos de aplicaciones en todos los ámbitos, es un producto que puede sustituir a grandes cantidades de plástico y de otros materiales mucho más contaminantes, además de ser un producto totalmente limpio con el medio ambiente.
Y, desde luego, el cannabis como uso lúdico también sería una gran máquina recolectando impuestos, ya no nos vale que la contaminación en las ciudades, el alcohol, el tabaco, el juego, etc. acaben con este argumento que hace unos años “nos tragábamos”.
En España, ya existen asociaciones de pequeñas empresas o comercios, hace poco se inauguraban clubes privados de cannabis y asociaciones privadas de consumidores para uso medicinal, empresas de distribución al por mayor y al por menor están surgiendo como setas. La conclusión es inequívoca, ya existen miles de puestos de trabajo y por qué no decirlo, cientos de millones de euros que ya se están generando en impuestos como otros productos o sectores.
En mi opinión, debemos estar expectantes y preguntarnos ¿qué tiene esta economía verde que los americanos regulan y crean empresas sin parar? ¿Qué se está cociendo en esos gobiernos republicanos o demócratas indistintamente? ¿Por qué multimillonarios donan o “regalan” millones por la causa? ¿Qué han visto los mexicanos, tienen miedo de perder parte de la tarta con sus vecinos?
El buen refranero español dice así: “Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. No veamos la situación como en el siglo XX, en ese siglo los adolescentes llamaban a su padre de “usted” y ahora estamos en el XXI y en este, al padre se le dice “que pasa tío”.
Quince años después
Releo esta columna quince años después y me queda una sensación agridulce. Acerté en casi todo lo que estaba pasando fuera y me equivoqué en lo que iba a pasar aquí.
Fuera, el «pastel» ha crecido más de lo que imaginaba. Cuando escribí «billonario, con b» pensaba en la palabra inglesa billion, que en español son miles de millones. Hoy 24 estados de Estados Unidos, además de la capital, Washington D. C., permiten el cannabis para adultos. El sector tuvo allí un impacto económico de más de 120.000 millones de dólares en 2025, y las elecciones de noviembre pueden volver a mover el mapa. En Canadá, la legalización de 2018 ha dejado más de 5.400 millones de dólares canadienses en impuestos. Alemania, uno de los países que yo citaba, legalizó el consumo adulto en 2024, y dos años después el consumo no se ha disparado. Y México, el país con el que abría la columna, tuvo en 2021 una sentencia de su Suprema Corte contra la prohibición, pero sigue sin un mercado regulado.
Aquí, en cambio, fui demasiado optimista. Escribí «en los próximos meses» y han pasado quince años. España no ha regulado el uso adulto, así que esos «cientos de millones en impuestos» que daba por hechos siguen sin existir: el dinero se mueve, pero fuera del sistema. El cannabis medicinal sí tiene por fin un marco legal desde 2025, aunque solo se receta en hospitales y por especialistas. Los clubes, que entonces estaban naciendo, siguen en un limbo legal. Ahora, además, la reforma de la ley del tabaco que ha aprobado el Gobierno podría dejarlos sin consumo en sus locales si sale adelante en el Congreso.
Lo que no ha cambiado es el refrán del final. Al otro lado siguen cortando barbas, y nosotros seguimos sin poner las nuestras a remojar.