Una revisión sistemática de 64 estudios preclínicos y clínicos concluye que el cannabidiol (CBD) tiene potencial para tratar la ansiedad, aunque no puede considerarse todavía una solución universal. El trabajo, elaborado según la guía PRISMA, repasa la evidencia disponible sobre la eficacia, la seguridad, la dosis y los mecanismos de acción de este compuesto no psicoactivo del cannabis.
La pregunta de si el CBD puede tratar la ansiedad tiene una base biológica. El compuesto interactúa con el sistema endocannabinoide y, en particular, con los receptores CB1 y 5-HT1A, implicados en la regulación del estado de ánimo, el estrés y la respuesta emocional. Según los autores, esa interacción parece modular la actividad de regiones como la amígdala y la corteza prefrontal y reducir la hiperactivación propia de la ansiedad.
Resultados en animales y en personas
En modelos animales, dosis de entre 5 y 10 mg/kg tuvieron efectos ansiolíticos significativos en pruebas de comportamiento como el laberinto en cruz elevado y el campo abierto. El CBD redujo además las respuestas de miedo condicionado y la evitación social.
En humanos, dosis de 300 mg al día resultaron eficaces en la ansiedad social, el trastorno de ansiedad generalizada y el trastorno de estrés postraumático (TEPT). Los participantes percibieron menos estrés y mejoró su respuesta fisiológica, medida en frecuencia cardiaca y cortisol.
Las respuestas, sin embargo, fueron muy variables. Dependían de la edad, el sexo, la genética, el historial clínico y el tipo de trastorno, y no todos los estudios mostraron efectos consistentes: el CBD no funciona igual en todas las personas.
Seguridad frente al diazepam
La revisión considera el CBD más seguro que el diazepam a corto plazo, con menos efectos secundarios como la sedación o la dependencia. Los efectos adversos más frecuentes fueron leves: somnolencia, sequedad de boca y cansancio. Falta, en cambio, evidencia sobre su seguridad a largo plazo, sobre todo en poblaciones vulnerables.
Los autores reclaman estudios con muestras más amplias, diseños clínicos rigurosos, seguimiento a largo plazo y comparaciones directas con otros ansiolíticos. En países como España, México o Colombia, donde el debate sobre el cannabis medicinal sigue abierto, revisiones como esta sirven de base para diseñar políticas públicas, protocolos clínicos y formación profesional, siempre que la aplicación del CBD se apoye en ciencia sólida y en una regulación clara.