Las plantas de marihuana expuestas a un protocolo bioacústico concreto produjeron casi el doble de flor seca utilizable que las cultivadas sin él, según un nuevo estudio dirigido por Robert Flannery, doctor de la empresa Dr. Robb Farms, en California.
El cultivo de cannabis ha avanzado en los últimos años sobre todo en iluminación LED y en nutrición. Este trabajo se fija en otra variable, el sonido que hace crecer la marihuana, y plantea si la comunicación bioacústica puede convertirse en una herramienta más del cultivador.
Un protocolo de siete etapas y 36 clones
El ensayo probó el protocolo de cultivo y comunicación bioacústica (BCCP), desarrollado por la empresa Haivya, Inc. Se basa en secuencias de sonido pensadas para estimular distintas fases del desarrollo de la planta. La premisa es que los vegetales, aunque no tienen sistema nervioso, reaccionan a vibraciones y frecuencias que pueden influir en su crecimiento, su metabolismo y su respuesta al entorno.
El BCCP tiene siete etapas, de la propagación a la cosecha, y emplea sonidos de entre 55 y 80 decibelios medidos en la copa. La secuencia exacta está patentada y no se ha hecho pública.
Para el experimento se usaron 36 clones genéticamente idénticos de la variedad Lemon Cherry Gelato, todos de la misma planta madre: 18 recibieron el tratamiento sonoro y otros 18 sirvieron de control. Se cultivaron entre diciembre de 2025 y marzo de 2026 en cuatro carpas con la misma luz, el mismo clima y la misma alimentación. La única diferencia fue la exposición al protocolo acústico.
Más flor, más cogollos y el mismo porcentaje de THC
Las plantas tratadas dieron 59 g de flor seca utilizable frente a los 30,7 g del grupo de control, un 92,4 % más. En cogollos recortados, la parte más valiosa, la diferencia fue mayor: 28,2 g contra 12,8 g, un aumento del 120,9 % (el titular redondeado habla de un 120 % más). El peso fresco de la planta pasó de 169,4 g a 298,4 g, un 76,2 % más, y la producción comercializable total, que suma cogollos y hojas azucaradas, creció un 90,1 %.
El tratamiento no elevó la concentración de THC, que quedó en el 24,90 % en las plantas tratadas y en el 25,05 % en las de control. Pero al haber mucha más flor, el THC total por planta subió de 3,20 g a 7,03 g, un 119,5 % más. Para el cultivo comercial, donde cuenta tanto el rendimiento total como la potencia, es la cifra que más pesa.
En el perfil aromático, los terpenos totales aumentaron un 4,6 %. El betacariofileno subió un 22,4 % y el betamirceno un 7,3 %, mientras que el linalol y el limoneno no mostraron cambios significativos. Las plantas tratadas tenían además un 36,8 % más de cogollos por centímetro de altura y entraron en prefloración 3 días antes del cambio de fotoperiodo, lo que indica que el sonido influyó también en la velocidad y la densidad del desarrollo floral.
Por su mayor tamaño, las plantas tratadas bebieron más agua en total, pero la aprovecharon mejor: necesitaron 819 ml por gramo de flor frente a 1255 ml en el grupo de control, una reducción del 34,7 %.
Un estudio preliminar con límites claros
El propio autor reconoce varias limitaciones. Solo se probó una variedad y en una sola instalación, con 36 plantas en total. Las carpas se trataron como unidades, lo que puede introducir sesgos, y el secado y el curado no se monitorizaron de forma independiente. Además, al estar patentada la secuencia acústica, otros equipos no pueden replicar el ensayo.
Si estudios más amplios confirmaran los resultados, el sonido podría dar lugar a nuevas tecnologías de cultivo, a ajustar cada fase de crecimiento con frecuencias específicas y a bajar el coste por gramo sin tocar la genética ni los nutrientes. Por ahora se trata de un primer ensayo, no de una conclusión definitiva.