Los terpenos no bastan para explicar el olor del cannabis. Un estudio que comparó cepas de tipo I (con predominio de THC) y de tipo III (con predominio de CBD) concluye que el perfil aromático del cannabis surge de la interacción entre terpenos, compuestos volátiles de azufre (VSC) y otras moléculas menos estudiadas, como ésteres, aldehídos y alcoholes.
Los dos tipos comparten un mismo espectro de aromas, pero el análisis encontró diferencias estadísticas claras en algunos matices. Según los autores, lo que percibimos no depende de un único compuesto, sino de cómo se combinan y de cómo interpreta esas mezclas nuestro sistema sensorial.
Dulce y fresco frente a intenso
Las muestras de tipo III, ricas en CBD, se asociaron más a notas frescas y agradables: herbáceas, cítricas, afrutadas, dulces, florales y tropicales. Las de tipo I, con más THC, se vincularon a olores más intensos y menos amables, como amoníaco, moho, combustible, animal, mofeta y tostado o nuez.
Con un análisis de agrupación jerárquica, los investigadores identificaron cuatro grandes grupos sensoriales. El primero reúne notas de fruta, bayas, caramelo y pastel; el segundo, cítricas y químicas; el tercero, olores desagradables como queso, vómito o heces; y el cuarto, aromas terrosos, de humedad, paja, té negro, skunk, madera y nueces.
Lo que explican los terpenos y lo que no
El estudio detectó 21 terpenos relevantes, aunque solo siete concentran la mayor parte de la variación: β-mirceno, d-limoneno, terpinoleno, α-pineno, humuleno, β-cariofileno y farneseno. Tres de ellos, el mirceno, el terpinoleno y el limoneno, explican más del 80 % de las diferencias de aroma. El terpinoleno, por ejemplo, se asocia a las notas cítricas y químicas del segundo grupo.
Pero los terpenos no predicen por sí solos lo que se huele. Una muestra con mucho limoneno puede no oler a cítrico. Algo parecido ocurre con los compuestos de azufre: se identificaron 43 picos, entre ellos el sulfuro de dimetilo, el sulfuro de hidrógeno y el disulfuro de dietilo, y aunque se relacionan con el olor a mofeta, un olor fuerte no siempre coincide con niveles altos de VSC.
Los análisis estadísticos (PCA, MFA y PLSR) confirmaron que la química influye en el aroma pero no lo determina del todo. Las correlaciones entre concentraciones químicas y descriptores sensoriales fueron débiles, y los autores creen que los compuestos que no se midieron tienen probablemente un papel importante. Eso explicaría que dos muestras con perfiles químicos parecidos huelan de forma muy distinta.
Qué cambia para cultivadores y consumidores
Para los consumidores, el aroma puede ser un criterio de elección más útil que el contenido de THC o CBD, y conocer las diferencias entre los tipos I y III ayuda a orientar las preferencias. Para criadores y cultivadores, seleccionar terpenos no es suficiente: desarrollar nuevas variedades exige combinar el análisis químico con el sensorial.
Una caracterización sensorial precisa permitiría mejorar el etiquetado más allá del THC y el CBD, diferenciar productos por su aroma y garantizar perfiles constantes. El trabajo desmonta además dos ideas extendidas: que el limoneno siempre da olor cítrico y que el olor a skunk se debe solo a los VSC. Entender el aroma, concluyen los resultados, requiere mirar a la vez la química y la fisiología humana.