Durante años, los opositores a la legalización del cannabis repitieron un argumento central: si se permitía su uso para adultos, los adolescentes consumirían más. Sin embargo, la realidad en Minnesota —respaldada por datos oficiales recientes— demuestra exactamente lo contrario. La Encuesta Estudiantil de Minnesota 2025, la primera realizada tras la legalización en 2023, revela que el consumo juvenil de cannabis ha seguido cayendo de forma sostenida, alcanzando niveles que no se veían en más de una década.
El dato más llamativo es que el 96% de los estudiantes no consumió cannabis en el último mes, una cifra que desmonta por completo la idea de un “efecto llamada” entre los menores. Además, el consumo anual autodeclarado entre alumnos de 8.º, 9.º y 11.º grado ha caído un 57,7% desde 2013, pasando de casi un 15% a apenas un 6,3%.
Este descenso no es casual. Todo apunta a que la regulación —con controles estrictos de edad, productos verificados y un mercado legal que desplaza al mercado ilícito— está funcionando mejor que la prohibición. En un sistema regulado, los vendedores deben verificar la edad, los productos pasan controles de calidad y se reduce el acceso a través de canales informales. En cambio, en el mercado ilegal no existe ningún tipo de filtro: quien vende no pregunta la edad y los productos pueden contener sustancias no declaradas. La evidencia muestra que regular protege más que prohibir.
Otro aspecto interesante es el cambio en la percepción del riesgo. Tras años en los que los jóvenes veían el cannabis como algo cada vez menos dañino, la tendencia se ha invertido: más estudiantes consideran ahora que consumir una o dos veces por semana puede ser perjudicial, lo que sugiere que la legalización, acompañada de campañas educativas, está ayudando a transmitir información más realista y responsable.
Eso sí, los datos también muestran un reto: algunos menores están teniendo contacto con el cannabis a edades tempranas, especialmente en 8.º grado. Las autoridades sanitarias insisten en la importancia de hablar con los hijos antes de que se expongan a la sustancia, abordando desde la prevención de intoxicaciones accidentales hasta los efectos en el desarrollo cerebral.
Pero el panorama general es claro: la legalización no ha provocado un aumento del consumo juvenil; al contrario, coincide con una caída continuada. Y Minnesota no es un caso aislado. Estudios en otros estados de EE. UU., así como en países como Canadá y Alemania, muestran patrones similares: cuando se regula el cannabis, el consumo entre adolescentes tiende a mantenerse estable o incluso disminuir.
En definitiva, los datos de Minnesota refuerzan una conclusión cada vez más respaldada por la evidencia: legalizar no significa fomentar el consumo juvenil; significa gestionarlo mejor, reducir riesgos y desplazar el mercado ilegal. Y, por ahora, la experiencia demuestra que funciona.