Muchos pacientes con cáncer usan cannabis para aliviar sus síntomas, pero pocos lo hablan con su médico. Es la principal conclusión de un estudio realizado en el Roswell Park Comprehensive Cancer Center, uno de los centros oncológicos de referencia de Estados Unidos, que analiza cómo, por qué y con qué resultados los enfermos utilizan cannabis durante el tratamiento.
El trabajo describe el consumo de cannabis en pacientes oncológicos como una práctica ya habitual, que ha crecido de forma notable en los últimos años. El problema, según el estudio, es la distancia entre lo que los pacientes hacen por su cuenta y la información que reciben de los profesionales sanitarios.
Para qué lo usan y cómo lo toman
El motivo más citado es el dolor, sobre todo cuando los analgésicos convencionales no bastan o provocan efectos adversos. Le siguen las náuseas y los vómitos asociados a la quimioterapia, la falta de apetito, que dificulta mantener el peso y la energía, y la ansiedad, el estrés y el insomnio. Muchos hablan también de una sensación de bienestar general que consideran esencial para sobrellevar la enfermedad.
Numerosos pacientes ven el cannabis como una opción «más natural» o «menos agresiva» que otros medicamentos, en especial los opioides. Las formas de consumo son variadas: flores vaporizadas o fumadas, aceites y tinturas sublinguales (apreciados porque permiten dosificar con más precisión), comestibles de efecto más prolongado y cremas tópicas para dolores localizados.
La frecuencia va del uso ocasional al diario, más común entre quienes sufren dolor crónico o insomnio persistente. La mayoría se autogestiona: elige el producto, la dosis y el horario sin supervisión médica directa.
Lo que no se cuenta en la consulta
Uno de los hallazgos más llamativos es lo poco que pacientes y sanitarios hablan del tema. Los participantes explican que callan por miedo a ser juzgados o a una respuesta negativa, porque creen que «el médico no sabe del tema», por la falta de tiempo en las consultas o porque piensan que el cannabis no interfiere con su tratamiento.
Muchos opinan que los profesionales no están formados en cannabis medicinal y que la información que reciben es insuficiente o contradictoria. Les gustaría tener una orientación clara y basada en pruebas. Quieren hablar del asunto, pero sienten que el sistema sanitario todavía no está preparado para acompañarlos.
Efectos percibidos y dudas pendientes
La mayoría de los participantes dice notar beneficios: menos dolor, mejor descanso, menos ansiedad, más apetito y cierta sensación de control sobre su propio bienestar. Los efectos secundarios que describen suelen ser leves, como somnolencia o boca seca.
Sin embargo, muchos reconocen que no saben si el cannabis puede interactuar con sus tratamientos oncológicos. Para los autores, esa duda es la que hace necesaria una guía profesional.
El estudio plantea varias tareas pendientes. A los profesionales les corresponde formarse en usos, riesgos e interacciones del cannabis medicinal, preguntar a los pacientes por su consumo y ofrecer información basada en pruebas y no en opiniones personales. A los centros, desarrollar protocolos clínicos para integrarlo de forma segura, crear servicios de asesoramiento especializado e impulsar investigación rigurosa. El objetivo, según el trabajo, es que los pacientes se sientan escuchados, tengan acceso a información fiable y eviten automedicarse sin supervisión.
Los autores insisten en que integrar el cannabis en la atención oncológica no significa promoverlo sin criterio, sino abrir un diálogo informado con el paciente. Mientras ese diálogo no exista, advierten, la falta de comunicación y de formación seguirá dejando un vacío que puede comprometer la seguridad de quienes lo consumen.