Un estudio publicado en la revista Addiction propone, por primera vez, umbrales de riesgo para el trastorno por consumo de cannabis (CUD, por sus siglas en inglés) basados en la cantidad de THC que se consume cada semana y no en la frecuencia de uso. La idea es medir el riesgo de adicción al cannabis con una referencia más precisa y comparable, parecida a las unidades estándar que se usan con el alcohol.
Hasta ahora, la mayoría de las investigaciones contaban los días de consumo. Ese método deja fuera la potencia, que varía mucho de un producto a otro: dos personas que fuman el mismo número de días pueden recibir dosis de THC muy diferentes, y eso ayuda a explicar por qué unas desarrollan el trastorno y otras no. El nuevo enfoque emplea unidades estándar en las que 1 unidad equivale a 5 mg de THC, el criterio que ya han adoptado los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos.
Adolescentes y adultos jóvenes durante un año
El trabajo se basó en datos del proyecto CannTeen, que siguió durante 12 meses a adolescentes de 16 a 17 años y a adultos jóvenes de 26 a 29 años. Los investigadores cruzaron sus patrones de consumo con los síntomas de CUD para localizar los niveles semanales de THC que mejor separaban a quienes tenían el trastorno de quienes no.
El primer resultado es que los adolescentes desarrollan el trastorno con cantidades de THC semanal claramente menores que los adultos, lo que apunta a una mayor sensibilidad del cerebro en desarrollo.
El segundo es que existen umbrales semanales a partir de los cuales el riesgo sube de forma notable. Los valores exactos pueden variar según la población, pero el patrón se repite: cuanto más THC total por semana, más riesgo, se consuma los días que se consuma. Unos pocos porros a la semana pueden superar esos umbrales si el producto es potente. Según los autores, la cantidad total de THC pesa más que la frecuencia, y eso explica que personas con hábitos aparentemente parecidos acaben en situaciones muy distintas.
Para qué servirían las unidades de THC
Los autores proponen usar estas unidades para elaborar recomendaciones de consumo más claras, sobre todo para los jóvenes, para ayudar a los profesionales sanitarios a detectar patrones de riesgo y para orientar las políticas públicas en los países donde el cannabis es legal o está regulado.
El sistema tiene también sus problemas. La potencia real de los productos no siempre coincide con la que figura en la etiqueta, la forma de consumo (fumado, vaporizado o comestible) cambia la absorción y los datos proceden de un grupo relativamente pequeño y concreto.