El cannabis medicinal mejora varios aspectos de la calidad de vida de los pacientes con cáncer, pero las pruebas disponibles todavía son escasas. Es la conclusión de una revisión de la Universidade Federal de São Paulo, firmada por Larissa Gonçalves Correa y Adriana Marcassa Tucci y publicada en la Revista de Medicina Integrativa y Complementaria.
La relación entre cannabis medicinal y cáncer interesa sobre todo por los síntomas físicos y emocionales que acompañan a los tratamientos oncológicos, que pesan mucho en el día a día de los pacientes.
Cómo se hizo la revisión
Las autoras buscaron en PubMed, Scopus, Embase, la base de Literatura Latinoamericana y del Caribe en Ciencias de la Salud y la Biblioteca Virtual de Salud. De 267 estudios encontrados, solo 16 cumplían los criterios: texto completo disponible, en inglés, español o portugués, y relación directa con el cáncer, la calidad de vida y el cannabis medicinal.
En sus formas más habituales, tetrahidrocannabinol (THC) y cannabidiol (CBD) de espectro completo, el cannabis se asoció con menos ansiedad, depresión y estrés ligados al diagnóstico y al tratamiento. También con un sueño más largo y de mejor calidad, más apetito, algo importante en pacientes que pierden peso, y alivio del dolor crónico y neuropático con menos necesidad de opioides. Redujo las náuseas y los vómitos de la quimioterapia, y algunos trabajos describen mejoras en la concentración y la memoria. En ciertos casos se observó una mayor supervivencia, un dato todavía preliminar.
Los efectos adversos fueron en general leves o moderados: somnolencia, mareos o sequedad de boca. Las autoras advierten, eso sí, de posibles interacciones con la quimioterapia, por lo que recomiendan supervisión médica especializada.
Pocos ensayos y resultados difíciles de comparar
La principal debilidad es la falta de ensayos clínicos aleatorizados: solo cuatro de los 16 estudios lo eran, lo que impide hacer un metaanálisis o sacar conclusiones firmes. Las dosis, la duración de los tratamientos y los cannabinoides usados varían tanto que comparar los trabajos resulta complicado.
Las investigadoras piden más estudios controlados, con métodos sólidos y seguimiento a largo plazo. Quedan además preguntas regulatorias abiertas, como garantizar un acceso seguro y equitativo, definir el papel de los médicos en la prescripción y evitar el uso recreativo disfrazado de terapia, un debate que en España sigue sin cerrarse.