Marihuana y adolescencia

Marihuana y adolescencia: por qué la edad del primer consumo pesa en el cerebro

Mario Blunt
28 de octubre de 2025 · Actualizado el

Marihuana y adolescencia forman una combinación de riesgo porque el cerebro no termina de madurar hasta los 25 años, y el THC, el principal compuesto psicoactivo del cannabis, interfiere justo en los sistemas que se están formando. Con la legalización y la normalización del consumo en muchos países, la pregunta ya no es solo si los jóvenes fuman, sino a qué edad empiezan y con qué consecuencias.

Un cerebro todavía en obras

La zona que más tarda en desarrollarse es la corteza prefrontal, encargada del autocontrol, la planificación y la toma de decisiones. Al mismo tiempo, durante la adolescencia el sistema endocannabinoide, que regula la memoria, las emociones y la plasticidad cerebral, se está remodelando. El THC actúa sobre los receptores CB1 de ese sistema y puede alterar procesos de maduración esenciales.

También afecta al circuito de recompensa. El THC aumenta la liberación de dopamina en el núcleo accumbens, lo que produce placer y relajación. En un cerebro joven, esa estimulación puede restar atractivo a las recompensas naturales, como el deporte, el estudio o las relaciones sociales, y desembocar en el llamado síndrome de desmotivación, en el que el joven pierde interés por sus actividades cotidianas.

Memoria, psicosis y emociones

Los estudios de neuroimagen asocian el consumo frecuente en adolescentes con un menor volumen del hipocampo y de la amígdala. Se observan déficits moderados en memoria de trabajo, atención y funciones ejecutivas, aunque no siempre tienen relevancia clínica. Además, los trabajos con gemelos indican que parte de estos efectos puede deberse a factores ambientales, lo que obliga a interpretar los datos con cautela.

El riesgo más serio es el de los trastornos mentales. El consumo temprano, sobre todo de productos con mucho THC, se asocia con más probabilidades de psicosis y esquizofrenia. Un metaanálisis publicado en The Lancet Psychiatry calcula que el riesgo puede ser de 3 a 5 veces mayor en quienes empiezan antes de los 17 años. No se ha demostrado una relación causal directa, pero la correlación es significativa, en especial en personas con predisposición genética.

El THC también puede alterar la regulación emocional y aumentar la irritabilidad, la ansiedad y la dificultad para empatizar. En una etapa en la que se construye la identidad, eso puede afectar a la integración social y a las relaciones con la familia y con otros jóvenes.

Retrasar la edad de inicio

Nada de esto niega que el cannabis tenga usos terapéuticos legítimos en adultos. Lo que señalan los datos es que la edad de inicio es un factor crítico. De ahí la recomendación de retrasar el primer consumo hasta que el cerebro haya terminado de desarrollarse y de apostar por una educación basada en la evidencia, no en el miedo ni en la prohibición.

Las propuestas de prevención pasan por ofrecer apoyo emocional a los jóvenes, implicar a padres, educadores y profesionales sanitarios, incluir contenidos sobre neurodesarrollo en los programas escolares y fomentar el diálogo con profesionales de salud mental. Otra línea es desarrollar herramientas que evalúen el riesgo genético y ambiental de cada persona.

Los países abordan el consumo adolescente de formas muy distintas, desde modelos restrictivos como el francés hasta enfoques más permisivos como el canadiense, y comparar sus resultados es una de las tareas pendientes.

Sobre el autor
Mario Blunt escribe sobre cannabis desde 2001. Empezó en papel, en la revista Yerba, y siguió en medios digitales como La Marihuana (lamarihuana.com); ambas cabeceras ya han cerrado. Antes de escribir ya era usuario y defensor del cannabis, y esa experiencia se nota en sus textos sobre regulación, cultivo y cultura cannábica. En Diario420 firma con seudónimo.
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